lunes, 10 de diciembre de 2012

Receta y partitura


En otro post (Receta y contemplación) me atreví a afirmar más o menos lo siguiente: Cocinar es un ejercicio artístico en la medida que incluye un ingrediente —nunca mejor dicho— contemplativo. Ahora bien, contemplar no significa aquí entrar en “éxtasis” estético cada vez que uno se endosa el delantal y echa los garbanzos en el puchero. Lo que quiero  decir es mucho más sencillo, aunque no por eso menos hondo: que trabajar con el corazón despierto nos vuelve inevitablemente fecundos y creativos; que si nos mueve el amor a las personas, lo que hacemos por ellas (aunque sea una simple tortilla de patatas) sabrá a novedad y sorpresa, en una palabra, será arte. Creer se transforma en crear. Esta es la inspiración, no sólo moral, sino estética, de nuestras tareas domésticas.

Cuando el sentido de lo que hacemos hasta tal punto nos rebosa que se torna sentimiento (ojo a la idéntica etimología de las palabras), entonces nuestro ingenio se aviva, nuestras manos experimentan, nuestra vista se concentra, nuestros sentidos se afinan. De lo espiritual se pasa a lo psicológico, y de lo psicológico a lo técnico-artístico. Muchas amas de casa viven a diario este misterioso proceso, que les reporta una chispa de gozo genuino en medio de una vida a veces llena de sinsabores, estrecheces y cansancio.

Pues bien, volviendo al tema de la cocina, explicábamos en el citado post que emplear una receta requiere un toque de contemplación, o sea, de distanciamiento creativo. No hago la receta, sino que hago el plato que quiero a partir de la receta. Y este “a partir de” es lo que se llama interpretar. Por eso la receta podemos compararla a una partitura, y al cocinero, con su intérprete, que la ejecuta con mayor o menor virtuosismo. Pues igual que la partitura, en efecto, la  receta es un producto artístico esencialmente abierto, inacabado, que admite muchas interpretaciones legítimas.

Frente a esta receta-partitura existe lo que podríamos llamar receta-fórmula. Es la acepción que se usa para designar ciertos compuestos químicos, por ejemplo bebidas (“la receta de la Coca Cola”) y medicinas (“la receta de la aspirina”). Aunque se trate del mismo vocablo, la actitud moral que aquí corresponde es totalmente distinta, más aún, opuesta. En la receta-fórmula cuanto menos interpretación haya mejor; el proceso mecánico debe prevalecer sobre la aportación personal; lo producido en serie se prefiere a lo creado artesanalmente; el artista —o sea, la persona— debe desaparecer.

Hago estas observaciones para prevenir contra un vicio profesional, frecuente no solo entre cocineros, sino entre artesanos de todo tipo: el de convertir la partitura en fórmula. En todos los oficios, en efecto, si se quiere trabajar bien hay pautas que deben seguirse al modo de una partitura, es decir con creatividad, iniciativa, soltura, en una palabra, contemplativamente. El peligro, por el contrario, estriba en dejarse arrastrar por el cumplimiento pasivo y mecánico de lo establecido, sin iniciativa ni inspiración, o sea, rebajando la partitura a fórmula. Este proceso no sólo empeora la calidad de nuestras producciones, sino que va minando poco a poco nuestros vínculos afectivos. Por eso resulta especialmente deletéreo en el hogar, tan repleto, como sabemos, de actividades artesanas. Para conjurar este mal, pienso que la humilde receta culinaria puede servirnos de paradigma y referencia. En efecto, todas las tareas domésticas, y no sólo las culinarias, contienen una cierta receta que hay que interpretar creativamente, al modo de un gran chef o un músico consumado.

Pablo Pri
@andarynadar

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