sábado, 22 de diciembre de 2012

Habitar, tener y dar



Habitar es estar en un sitio teniéndolo. Esta definición, condensada y luminosa, tomada de los escritos del filósofo Leonardo Polo, anuda varios conceptos clave para la Hogarología. Voy a explicarlos brevemente para, a partir de ellos, aventurarme un poco más allá.

Como sabemos, habitar viene de hábeo, que significa ‘haber’ o ‘tener’. De hecho ‘habitar’ es lo que llaman los gramáticos un verbo “frecuentativo”, porque expresa una acción repetida o continuada, como “besuquear”, “pisotear”, “tirotear”, etc. Y en efecto, para tenerme a mí mismo, para ser persona, necesito tener continuadamente un puñado de cosas, en primer lugar mi vestido, pero también mis instrumentos de trabajo, muebles, comida, etc. En una palabra, necesito una casa. De este modo mi haber tiende a convertirse de modo lógico y natural en habitar. Y mi cuerpo, que es mi primera e íntima morada, se amplía intencionalmente en la otra, la grande, donde guardo mis cosas y donde descanso, trabajo y convivo, o sea mi casa.

Por consiguiente es cierto que habitar es estar en un lugar teniéndolo. Ahora bien, esta definición adolece, a mi juicio, de un exceso de abstracción, pues deja fuera algo esencial: las personas, y también las relaciones que se establecen entre ellas dentro del hogar. En efecto, ¿dónde queda aquí la gente con la que convivo, y sobre todo mi familia? ¿Acaso mi trato con ellos no intensifica y modula mi experiencia de habitar? Sí, todos sabemos por experiencia que el habitar pleno y cumplido es cohabitar; es convivir, compartir, coexistir, comunicar. Por el contrario, ¿acaso el egoísmo no puede hacer de la casa un lugar inhabitable, por bien surtida que esté de comodidades materiales? Por todo lo cual sería más adecuado, creo yo, modificar la definición susodicha del siguiente modo: habitar es estar en un lugar compartiéndolo.

Pero hay más. A la luz del personalismo cristiano resulta que el verdadero tener… es dar. Más aún, tenerse es darse. La persona, en efecto, sólo se realiza plenamente en el don sincero de sí; para hacerme dueño de mí mismo no me bastan ni mis bienes ni mis virtudes: necesito a los demás. Sólo el amor me hace ser quien soy. Esta profunda paradoja, ratificada por la experiencia universal, es una aportación del cristianismo a la filosofía que cualquier pensador serio puede entender y asumir, aunque no sea creyente.

Desde este punto de vista, nuestra definición sufre una nueva mutación, esta vez muy radical: habitar es estar en un sitio dándolo. O si queréis, habito mi casa en la medida en que la convierto en regalo para los que viven en ella. Un regalo que no pierdo al darlo, al contrario: cuanto más lo doy más mío es. Me adueño de mi casa poniéndola al servicio de los demás, administrándola, cuidándola, inventándola. En otras palabras, habitar no es solo tener, sino trabajar lo que se tiene, a fin de que adquiera forma doméstica.

Estas razones no son una pura elucubración teórica, sino que afectan muy directamente a la categoría ética y profesional de las tareas domésticas. En efecto, la fórmula habitar es estar en un sitio dándolo ilumina estas labores desde su raíz, ya que consisten fundamentalmente en dar: convierten un determinado espacio y tiempo en don, regalo. Y dar es mucho más difícil que tener, no sólo porque implica generosidad (actitud ética) sino trabajo (competencia técnica) y conocimiento de las personas (inteligencia emocional). Las tareas de la casa, pues, no son un trabajo accesorio que facilita más o menos el habitar, sino que son su expresión más plena y cumplida, de la que ningún miembro de la familia debería desentenderse.

Pablo Pri
@andarynadar

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