domingo, 11 de noviembre de 2012

La voz de la ropa



El sentido común distingue claramente las nociones de  ropa y vestido. Ropa es el objeto material con que me visto, y vestido, el resultado de dicha operación, y de ahí que lo exprese con el participio pasado del verbo “vestir”. Perdone el lector esta obviedad, pero creo que en esta distinción late un matiz muy interesante desde el punto de vista de la hogarología. Me refiero a la diversa “voz” de ambas realidades: la ropa “dice” una cosa y el vestido otra. Me explicaré.

Cuando me pongo la ropa, cuando me visto, surge una realidad nueva que no estaba ni en la ropa ni en mi cuerpo desnudo: mi presencia aquí y ahora, modelada en función de mis circunstancias, mis expectativas y mis relaciones personales. Al vestirme me apersono, adapto mi parecer a mi ser, lo cual requiere reflexión y estilo: es cultura. A su vez cultura significa cultivo, o sea que al vestirme no sólo presento mi persona sino que la perfecciono: la muestro hacia fuera y la exploro hacia dentro (o fracaso en el intento, que también es posible). Todo eso y mucho más es el vestido. Algo de esto ya escribí en otro lugar. Pues bien, esta realidad visual que es mi apariencia vestida, o si preferís, mi look ¿qué dice?, ¿qué mensaje transimite? Muy sencillo: me dice a mí, pronuncia ese verbo de carne que es mi persona. Mi look me presenta a los demás, les dice quién y cómo soy.

En cambio la voz de la ropa es más modesta y limitada. Separada de mi cuerpo, en el armario, el planchero o la lavadora, mi ropa no dice quién soy, sino que da algunas pistas, no muchas, sobre mis condiciones físicas, mis preferencias y mi actividad. Dice algo de mí pero no a mí. De hecho quien la lava y plancha podría perfectamente ignorar mi identidad, pues mi ropa no lleva mi rostro.

Y sin embargo, por anónimo que sea, este humilde objeto contiene un precioso indicio de mi intimidad. Su superficie lleva las trazas de mi existencia cotidiana. Sus arrugas, manchas, sudor, rozaduras, su deterioro progresivo, todo ello da testimonio de una vida que, por ser humana, está sujeta al cambio, el trabajo y el cansancio, y quizá también al sufrimiento, el drama y la fragilidad. En una palabra, el desgaste de mi ropa es el de mi vida.

Justamente eso es lo que percibe quien cuida mi ropa. Lavándola, planchándola y quizá zurciéndola no se limita a prestarme una ayuda externa, sino que asume esta indigencia propia de mi condición encarnada, se hace cargo de ella y la repara. Honra mi intimidad en el instrumento con que la expreso y la cultivo. Restituyendo mis prendas a un estado digno y decoroso, me reafirma como persona, me declara su confianza, me promociona. Su mensaje, además, me llega en forma de limpieza, tersura y suavidad, es decir, por la vía del tacto, que es la misma del abrazo, la caricia y el beso. Y lo hace con exquisita modestia, pues pone su trabajo invisible al servicio de mi visibilidad.

El profesional de la lavandería comprende lo que digo, y sobre todo el ama (¡o amo!) de casa, que le toca lidiar cada semana con la pila de ropa sucia o por planchar. Pero en realidad todos deberíamos sentirnos implicados en esta tarea, colaborando en ella de un modo u otro y agradeciéndola sinceramente. No dejemos que el rutilante mundo de la moda, la obsesión por la imagen, o sea, la omnipresente voz del vestido (el look) acalle esta otra voz más modestaque nos trae el eco de personas que nos necesitan, que nos cuidan, que nos sostienen, pues sería incurrir en un triste analfabetismo doméstico.

Tengamos en cuenta que esta voz es sutil y discretísima. No como la del vestido, que afirma alto y claro: “he aquí Fulano”; la de la ropa, en cambio, deja caer su mensaje como en voz baja: “he aquí alguien, cuyo nombre acaso ignoro, pero que lucha, trabaja y ama; alguien que te confía su indigencia y acude a tu servicio”. El vestido dice ¡hola!, la ropa dice ¡ven!

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