lunes, 26 de noviembre de 2012

El sujeto doméstico

El punto más difícil y conflictivo de la hogarología es sin duda la cuestión del sujeto del trabajo doméstico. La del objeto, en cambio, o sea la cuestión del número y naturaleza de las tareas que lo componen, no suscita tantas controversias, y eso que aquí nadie se pone de acuerdo: ¿cuántas actividades distintas comprende este oficio? ¿Es posible realmente catalogarlas y definirlas? ¿Cuál es, por decirlo así, el mapa y las fronteras de este territorio profesional? Aun sin respuestas concluyentes, estas preguntas no provocan enfrentamiento, al contrario, resultan conciliadoras y motivantes, invitan al diálogo sereno y a la colaboración. Se mueven en un terreno donde hombres y mujeres confluimos amigablemente, nos escuchamos con interés, nos miramos sin recelo: ¿por qué no íbamos a tener los varones mucho que decir —y que aprender— sobre el trabajo doméstico?

La cuestión del sujeto, como digo, es harina de otro costal. Apenas preguntamos quién realiza o debería realizar este trabajo, a quién o quiénes corresponde, en qué medida y por qué, entonces la polémica se desata y los ánimos se encrespan. Lo que antes eran preguntas técnicas o metodológicas, adquieren ahora un sesgo ético y existencial. ¿Que quién debe encargarse? —resolverá alguna lectora, cortando por lo sano—: ¡todos, por supuesto! Sí, de acuerdo, ¿pero qué todos? ¿El todos de una comuna o el de una comunión de personas peculiar? Porque hay todos y todos. Es decir, ¿son irrelevantes aquí los vínculos de matrimonio y filiación? Y en la distribución de tareas ¿no debería plasmarse de algún modo la jerarquía entre padres e hijos y la complementariedad varón/mujer? Al fin y al cabo lo que sacamos adelante con este trabajo es una familia, no una simple empresa de bienes y servicios. Más aún, la familia sana y unida no sólo es el resultado de esta actividad, sino también el sujeto que la ejecuta y el medio en que se desarrolla: es la familia trabajándose a sí misma, ahondando en sus raíces, comprendiéndose, uniéndose y celebrándose.

El problema, por tanto, no es tan sencillo. No podemos conformarnos con fórmulas demasiado simples o teóricas. Como las que predominaban en el llamado familismo de los años 50, donde se exaltaba a la mujer como ángel del hogar, pero a cambio de endosarle todo el peso de la casa e impedirle otras opciones profesionales fuera de ella. Ni, en el extremo opuesto, nos convence la actual fórmula de la dogmática de género, tan difundida en los programas escolares, que pretende liquidar toda diferencia entre varón y mujer, interpretando la igualdad como igualamiento.

¿Por dónde avanzar entonces? Lejos de mí establecer aquí una solución definitiva a tan espinoso problema. Pero me atrevo a sugerir dos principios antropológicos que me parecen irrenunciables para enfocar sensatamente la cuestión. Me propongo irlos desarrollando en sucesivos posts, contando con vuestros comentarios y sugerencias. Son estos:

UNO) El trabajo doméstico incumbe a todos los miembros de la familia, por ser signo y fruto de la comunión de personas que formamos. En efecto, todos somos corresponsables de nuestro hogar y estamos implicados en las tareas que lo construyen. Formamos una comunidad de trabajo, de la que nadie puede desentenderse. Se trata de una grave exigencia ética, ya que repercute directamente en la vida conyugal, la educación y la unidad familiar.

DOS) En este trabajo la mujer desempeña un papel insustituible. En el plano simbólico, en efecto, la mujer personifica el hogar, es como su rostro y su signo insustituible. Esta realidad no es mero estereotipo inducido por la educación patriarcal, como quiere cierto sector del feminismo contemporáneo, sino que hunde sus raíces una complementariedad varón/mujer de orden ontológico y no meramente psicológico. Todo en el hogar, como digo está ligado a esta maternidad espiritual de la mujer mediante un lazo nutricio y latente, que suele traducirse en tareas de dirección y planificación. Compete a la madre, en efecto, inspirar, informar y supervisar la actividad doméstica, aunque los modos en que esto tiene lugar han sido y son variadísimos.


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