domingo, 26 de febrero de 2012

La cocina de Lilliam

El último número de American Scientist, revista de alta divulgación científica estadounidense, dedica uno de sus artículos a este interesante tema: When Scientists Choose Motherhood. ¿Qué pasa, en efecto, cuando una mujer-científica decide ser madre sin renunciar por ello a su carrera? Los autores, Wendy M. Williams y Stephen C. Ceci, sostienen que es posible salir airosos de este reto, y que vale la pena afrontarlo por el bien de la sociedad, la familia y la ciencia. En otro post me propongo comentar tan valientes conclusiones, que dan al traste con prejuicios muy extendidos y desfasados.

Ahora sólo deseo llamar la atención sobre dos fotografías que ilustran el artículo. Ambas se refieren a la psicóloga e ingeniera industrial Lillian Gilbreth (1878-1972), una de las intelectuales estadounidenses más brillantes del pasado
siglo.

Ella y su marido fueron pioneros en la moderna ergonomía, disciplina científica que armoniza los lugares y herramientas de trabajo con las características fisiológicas, psicológicas y personales del trabajador. Catedrática en Purdue (Indiana), Lilliam también hizo grandes aportaciones en el campo de la administración industrial (planificación, organización, dirección y control de recursos), válidas aún hoy día y estudiadas en las universidades. Lo curioso es que, además de ser, como dicen sus biógrafos, madre de la moderna gestión empresarial, Lilliam lo fue… de doce hijos.

Lo de su numerosa prole, alegre, bulliciosa y muy unida, trajo también larga cola, aunque no precisamente científica. Frank y Ernestine, hijos de Lilliam, decidieron poner por escrito las peripecias de su peculiar familia y de ahí surgieron los libros Cheaper by the Dozen
(1948) y Belles on Their Toes (1950), tan exitosos que fueron llevados a la gran pantalla en varias ocasiones.

Y aquí es donde vuelvo a las fotos de American Scientist. En una aparece nuestra guapa científica en alegre compañía de ocho de sus vástagos, y en la otra vemos su cocina-taller, distribuidos los diversos elementos con precisión ergonómica y sabia pulcritud. Esta cocina —kitchen practical la llamaba ella— constituía un auténtico proyecto científico, donde las sencillas tareas gastronómicas se tornaban, en la mente de esta gran ama de casa, en fuente de inspiración constante y laboratorio fecundo de ideas. Allí, junto a la comida diaria de la familia Gilbreth, se cocinó ni más ni menos que el moderno management.

Todo ello me lleva a pensar en tantos que, con la buenísima intención de dignificar el trabajo doméstico, intentan por todos los medios compararlo a una empresa, y comprenderlo según sus modos, métodos y fines.
En una palabra, pensar el hogar desde la empresa. A la vista de la cocina de Lilliam me pregunto si lo que habría que hacer no es justamente lo contrario.

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